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Biblioteca y Aula

Promoción del libro , la lectura y la escritura

ExLibris

Este libro es mío por Carlos Córdoba

(La Nación 8 de Octubre de 2006


http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/revista/nota.asp?nota_id=846647

Los ex libris son esas pequeñas etiquetas que se colocan en el reverso de la cubierta de los libros para indicar quién es su propietario. Surgieron hace unos 500 años y hoy su vigencia está asegurada por grabadores y coleccionistas

Como una marca de posesión: así nacieron los ex libris cuando todavía no tenían denominación ni forma ni uso extendido, y el faraón Amenofis III ya insertaba pequeñas placas de barro cocido con su nombre en cajas repletas de rollos de papiros para que supiéramos (como lo sabemos hoy, gracias a que una de esas vanidosas placas se conserva en el Museo Británico de Londres) que esos rollos eran suyos, suyos, suyos.

Sólo la invención de la imprenta, en 1440, y la consiguiente multiplicación de las bibliotecas les dieron, desde el siglo XV, cierta popularidad, que de todos modos no fue demasiada: sólo los señores de familias poderosas tenían sus ex libris con motivos heráldicos para indicar la pertenencia del libro, ya no a una persona, sino a todo un linaje de gente muy leída.

Desde entonces, y hasta los años 40 del siglo pasado, las cosas funcionaron bien para los ex libris: muchos los usaban, otros tantos los coleccionaban, y varios vivían de producirlos. Desde Durero hasta Dalí, pasando por Escher, Klimt y Goya, los artistas diseñaron ex libris para personas notorias y no tanto. Firmas como Dickens, señoras como Gloria Swanson, actores como Charles Chaplin y seres como Benito Mussolini tuvieron el suyo.

Pero desde entonces las cosas han cambiado y, como resultado de estos cambios, muchos lectores habrán llegado hasta aquí sin la menor idea de qué cosa se oculta detrás de esa expresión latina que significa "este libro es de".

Al pie de la regla

Por definición, un ex libris es una etiqueta de papel que se pega en el reverso de la tapa de un libro para determinar quién es su dueño. Pero es también, y sobre todo, un pequeño trozo de arte encerrado en un corset de reglas estrictas cuyo mantra principal es "trece por trece": por encima de eso, nada; por debajo de eso, todo.

-Si mide más de trece por trece, no es un ex libris. Si no dice ex libris, no es un ex libris. Si no está dedicado a una persona viva o institución, no es un ex libris. Si...

El grabador Osvaldo Jalil, director de la sociedad de grabadores Xylon Argentina, recita el corral de reglas dentro del cual cualquier exlibrista o aspirante debe moverse. Jalil empezó a interesarse por los ex libris hace quince años, y es uno de los fundadores de Gadel -Gente Amiga Del Ex Libris- asociación encuadrada dentro de Xylon.

-Un ex libris tiene reglas claras. La alegoría, que es la imagen, debe resumir la personalidad del destinatario. Para llegar a esa alegoría, a esa síntesis, el artista tiene que tener información de la persona a la que se lo hace: sus gustos, algo que lo defina. Además, tiene que estar el nombre de la persona o la institución que lo va a usar, porque es para alguien que está vivo o en actividad: no podés hacerle un ex libris a Pablo Picasso o, si lo hacés, tenés que poner In memoriam Pablo Picasso. Y además tiene que estar la palabra ex libris, o "este libro es de" en español. Si se hace para una colección de libros eróticos o de medicina o de cocina o de música, se puede clasificar: ex libris erotici, ex musici...

Estas pautas están regladas por la Federación Internacional de Amigos de los Ex Libris (Fisae), que canaliza la fruición de todos aquellos cuyos corazones laten con más fuerza ante la resolución elegante de una situación compleja en un pequeño trozo de papel. Aunque se estima que hay unos 10.000 coleccionistas alrededor del mundo, reunidos en unas 40 asociaciones (Bookplate Society, en Inglaterra; Deutsche Ex Libris Gesellschaft, en Alemania; American Society of Bookplate Collectors and Designers, en Estados Unidos), en la Argentina el arte del ex libris todavía se practica en silencio y casi sin remuneración a cambio.

-La edición de un ex libris sale más o menos doscientos pesos -dice Jalil-, pero más que trabajar para clientes particulares, se lo hace para algún coleccionista de Europa o de Estados Unidos que pide un ex libris y a cambio manda algunos de otros artistas. O se envía a concursos internacionales que organizan bibliotecas o entidades de exlibristas. Como el ex libris es un formato pequeño, es fácil enviarlo. Lo metés en un sobre y lo mandás.

Así, los principales motores del ex libris resultan ser los concursos internacionales (que pueden tener como tema un personaje histórico o el Quijote, o los pájaros o un pintor), y los coleccionistas, entre los que destellan algunos nombres, como Benoît Junod, Mario Da Mota Miranda, Vicente Sánchez Molto -que colecciona ex libris eróticos- o Mario de Filippis, italiano y dueño de un restaurante gourmet en Arezzo, Italia, llamado Buca di San Francesco. Mario tiene la mayor colección del mundo y envía mensualmente cientos de sobres repletos de arte en pequeño formato a sus amigos grabadores y coleccionistas.

-Empecé a recopilar en 1978 -dice desde Italia- y mi colección está compuesta por cerca de 130.000 ex libris, que van desde el año 1600 hasta hoy, de los cuales 13.000 son míos, personales, realizados para mí por artistas de todo el mundo.

El argentino Roberto Ferrari es coleccionista, pero aclara que su pasión son los libros, y que lo de los ex libris es una suerte de daño colateral.

-Yo no me atrevería a pegarle jamás nada a un libro -dice-, y menos una etiqueta mía, pero me gustan como objeto de arte. Me interesa el grabador, me interesa el origen. Los colecciono desde hace unos veinte años, pero lo mío, antes que el ex libris, son los libros. Lo que hago sistemáticamente es buscar libros. Si dentro del libro viene un ex libris, bien.

Francesc Orenes Navarro nació en Barcelona, donde vive, y dedicó toda su vida a la enseñanza del arte y el diseño en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Se dedica a los ex libris desde 1987, cuando defendió su tesis doctoral, que versó sobre este tema. Fue presidente de la Associació Catalana de Exlibristes, y hoy tiene en su colección alrededor de 20.000, clasificados por países de origen.

-El ex libris es algo más que una marca de propiedad -dice-. Es, sobre todo, un signo de amor a los libros. Aunque es verdad que todo coleccionismo es una especie de obsesión, en el caso de los ex libris es el gozo de la visión de estas pequeñas obras de arte. Diría más: acostumbrados como estamos a ver obras en los museos que no se pueden tocar, con los ex libris sucede que los tenemos entre las manos, tenemos el placer de ver y de tocar. Lo más admirable de este arte es su carácter de poética visual, su capacidad de expresar conceptual y técnicamente, de una forma sintética, aquello que quiere decir. Los ex libris son el equivalente en arte de lo que es la poesía en el campo de las letras: un lenguaje esencialista.

José Miguel Valderrama Esparza vive en España. Es dueño de una casa de indumentaria deportiva y coleccionista de ex libris desde 1999, cuando fue a una exposición celebrada en Sevilla por la Asociación Andaluza de Exlibristas.

-A partir de entonces, inicié contactos con otras asociaciones europeas de exlibristas, y fui afianzando el deseo de poseer esas obras de arte en miniatura. Hoy debo poseer unos 6000 ejemplares realizados con diferentes técnicas. El coleccionismo de ex libris es consecuencia del amor a los libros. Yo, cuando voy a una librería de viejo, voy buscando libros, no ex libris. Y soy muy cuidadoso con mi colección. Nada más recibirlos, los introduzco en sobres de plástico neutro transparente, luego los pego sobre una cartulina blanca y los guardo en unas cajas archivo, catalogados algunos por temas y otros por artistas.

Atados, pero libres

Algunos de los nombres resonantes, entre los artistas europeos dedicados al ex libris, son el del monje español Oriol Diví, el del ruso Vladimir Zuev, el del lituano Alfonsas Cepauskas. En todo el mundo son casi inexistentes los artistas que se dedican solamente a esta disciplina, y aunque en Europa una edición de un centenar puede rondar los 500 dólares, en la Argentina no supera los 300 pesos. El exlibrismo nacional parece una actividad para los mismos de siempre: los que están dispuestos a hacerlo todo a pulmón. Marcelo Aguilar es grabador, profesor de la escuela de Bellas Artes de Quilmes y secretario de Xylon.

-Me llamó la atención este símbolo de pertenencia, de abolengo, de decir: "Yo tengo mi libro". Yo veo un libro con un ex libris y me lo compro. Me interesa saber que ese libro estuvo en la biblioteca de determinada persona. El ex libris es la identidad del tipo, y ves cómo el grabador pensó la alegoría: "A ver qué le pongo a este tipo en el ex libris para que lo reconozcan". Y tiene otro atractivo: en una época en que el arte se comercializa, y hay tipos que dicen "Yo manejo tu obra", el ex libris no tiene ningún tipo de interés comercial. Y laburar en tamaño reducido es maravilloso. Trabajar en ese microcosmos... Es como un pequeño aleph... ahí tenés todo.

Y todo quiere decir todo: hay ex libris que reúnen un río de figuras; otros en los que un gato erizado o una tetera resumen la personalidad del destinatario; otros con un universo complejo y abstracto de líneas chirriantes. Muchos surgen de la inspiración espontánea de los artistas o a pedido de personas determinadas, pero las convocatorias a concursos internacionales rozan temas desconocidos y, entonces, grabadores argentinos de Quilmes o Flores o La Plata sudan tinta intentando plasmar algo emocionante e informativo que resuma el espíritu de las aguas termales de Suiza, de una biblioteca de un pueblo de Polonia o de un prócer completamente escandinavo.

-A veces se hace difícil -dice Fernando Polito, de Quilmes- porque son temáticas cerradas. De un país que uno no conoce, de una ciudad que uno no conoce, de unas aguas termales que uno no conoce, y uno se tiene que poner a investigar.

Polito, además, se ha buscado una complicación que disfruta: su propia marca de fábrica es la inclusión, en cada uno de sus trabajos, de la argentinísima jarra pingüino.

-Y es difícil de incluir, porque es bastante tosca. Pero intento meterla siempre. Es otro desafío más del pequeño formato.

Desde La Plata, su colega Juan Bértola reconoce que es raro disfrutar como artistas en un ambiente tan cargado de reglas.

-Porque uno está buscando la libertad de decir lo que le parece y de repente te sometés a esas reglas. Pero también está bueno, porque uno elige de quién hablar. Será que cuanto más atado estás más libre sos.

La marca de tu nombre

Eva Farji era estudiante de arte cuando llegó al taller de Jalil a aprender grabado, y terminó fanatizándose con el ex libris. Pasa las páginas de la carpeta donde guarda parte de su obra mientras dice que las librerías de viejo de Buenos Aires están repletas de tesoros ocultos para cualquier coleccionista.

-Un ex libris dice mucho de la historia de un libro. Alguien lo puso, alguien quiso ese libro. En las librerías de usados encontrás cosas buenas. Hay bibliotecas enteras de escritores argentinos que se han vendido. Por ejemplo, la biblioteca de Federico Vogelius, el creador de la revista Crisis.. Vas a una librería de viejo y el ex libris de él, que dice FV, está por todas partes. Con la biblioteca de Botana pasa lo mismo: está dispersa con sus ex libris por todas partes.En la Argentina, en los años 50, los editores españoles o descendientes de españoles emigrados, como Thor, tenían ex libris propios. Era un uso, una costumbre muy común.

En un artículo publicado en la revista de Xylon, Farji recuerda que en 1920 la sección Cartas de Lectores de La Nacion publicaba a menudo misivas de exlibristas, y reproducía imágenes de ex libris con epígrafes explicativos. Por esos días, las discusiones acerca del tema eran encendidas y el señor Bourband, Mariano Barrenechea, don Fermín Carlos Yeregui o Manuel A. Bustelo describían ex libris y discutían acerca del nacimiento de éstos y de la conveniencia o inconveniencia de ciertos diseños para libros tradicionales o modernos.

Por aquellos años, Miguel Olivera formaba parte de la Asociación Argentina de Exlibristas.

-Yo tengo una colección de ex libris, un bargueño lleno -confiesa-. Tenía intercambio con los demás exlibristas, que eran muchos. Pero, claro, todo pasa. En los años 50 fueron furor los ex libris. Antes de eso, nadie sabía qué eran, y después de eso, se olvidaron completamente. Era como con las estampillas. Usted mandaba los que tenía y le respondían enviándole otros. Pero ahora la gente nueva creo que ni sabe lo que es.

Para que la gente nueva sepa de qué se trata, hace poco la librería Capítulo 2 hizo diseñar dos ex libris: uno conmemorando la primera edición del Quijote y otro a los escribas del siglo XV en la figura del francés Jean Mielot.

-Nos pareció que era bueno despertar cierta curiosidad en la gente por lo que era el ex libris -dice Ernesto Skideslky, dueño de la cadena-. Yo tengo una biblioteca relacionada con biografías de editores, historias de los libros... Me puse a investigar y vi que había sites de artistas argentinos del ex libris, y que nadie les daba mucha bolilla. Empecé a pensar en desarrollar algo así, y con cada libro empezamos a entregar un ex libris, colocamos carteles explicativos de qué es, cómo surgió. Porque cuando se los dábamos, la gente no entendía. Nos preguntaban si eran señaladores.

Delicias del pequeño formato

Si el ex libris nació como una marca de alcurnia y evolucionó en el siglo XVIII hacia el ex libris alegórico, fue en el siglo XX cuando se produjo una explosión, nacieron los coleccionistas, empezaron las primeras asociaciones y federaciones, así como la publicación de las primeras revistas referidas al tema, que hoy dan vuelta al globo en diversos idiomas: castellano, catalán, polaco, inglés, alemán. Y si en principio las únicas técnicas empleadas eran la xilografía o la calcografía, hoy se incluyen la litografía, la serigrafía, y aun la elaboración digital, a tal punto que un español, de nombre José Manzano, fanático de los ex libris con alegorías de búhos, creó una categoría nueva: ex webis, para referirse a ex libris que sirven para identificar páginas web.

-Es un pequeño formato que permite hacer una obra de arte de una manera rápida -dice Eduardo Campelo, un grabador-. Un ex libris no es un dibujo con una leyenda, sino que ambas cosas tienen que relacionarse en armonía. Por eso a veces uno ve un ex libris que tiene un trabajo fabuloso de dibujo, pero le pusieron ex libris como de últimas, y eso no es un ex libris. Es una hermosa pieza de dibujo a la que se le agregó la inscripción "ex libris".

En su taller de Flores, Marcela Miranda despliega su obra: pequeñas hojas sueltas que aletean sobre la mesa, paisajes urbanos, instrumentos musicales. Desde que empezó ya lleva unos 99 diseños originales: cada uno de los miembros de su familia y sus amigos tienen uno relacionado con sus gustos (un piano para su marido, músico; el perfil de una iglesia de Buenos Aires para una amiga creyente), y no cree que el ex libris sea un arte menor, aunque sea un arte de pequeño formato.

-Para mí es igual de importante que todo lo que hago, y además es un arte muy complicado. Tenés que tener en cuenta a la persona que te lo pide, ver la tipografía, ver cómo resolvés lo de la letra, que la letra quede acorde con la imagen para que sea tan importante como la imagen pero que no cobre protagonismo, que no compitan entre sí.

Julieta Warman tiene 30 años, es de La Plata, y le gusta este arte a contrapelo del mundo: un arte por encargo, pensado por un artista para una persona en particular.

-Por eso me atrae tanto el tema de la alegoría del individuo al que se lo hacés. El ex libris es un objeto de arte que habla del individuo, y en este tiempo en el que todo es tan masivo, que un artista se ponga a hacer esto para una persona en particular o para una institución, me parece increíble. Pero también es una excusa para jugar libremente con un marco tan chiquito y la tipografía, la relación entre texto e imagen. Yo le estoy haciendo ex libris a un médico de La Plata, por ejemplo. El es médico, cirujano y anatomista, y en su ex libris aparecen un búho, como símbolo de la sabiduría; un libro; la hoja de la universidad, que es el roble; la pluma, una calavera, libros, una biblioteca, la serpiente de Esculapio. Es un trabajo de orfebre, minúsculo.

Arte en pequeño formato. Nunca un arte menor.

Por Leila Guerriero lguerriero@lanacion.com.ar

Para saber más:
www.geocities.com/andaluzadexlibristas
www.exlibrismuseum.it
www.fisae.org
karaart.com/prints/ex-libris/1d.html
www.geocities.com/andaluzadexlibristas
www.xylonargentina.com.ar/gadel
bookplatejunkie.blogspot.com/
www.bookplatesociety.org/index.htm

Caer en la Cuenta de que hay libros

por José Jiménez Lozano (Premio Cervantes 2002)

Se puede tener gusto por la lectura o no, pero leer no es una cuestión de gusto o afición, sino una necesidad verdadera, y sólo necesitamos percatarnos de ella. El señor Miguel de Cervantes llamaba a esto caer en la cuenta de que tenemos un ánima o unos adentros; es decir, una vida. Pero ésta es breve y limitada, y queremos más vida, y vivir otras vidas, tener otros pensares y sentires, y esto es lo que encontramos en los libros, en los que otro ser humano, y, desde luego, los más altos espíritus de todos los tiempos, nos entregan lo mejor de ellos, admitiéndonos a su conversación.

Los antiguos, cuando se ponían a leer, se vestían sus mejores ropas, porque se sentían en la audiencia de esos grandes que habían escrito, y éstos se merecían la ceremonia de respeto que con los grandes del mundo se estilaba, porque aquéllos entregaban el más preciado don, al hacer de quienes leían sus iguales. Pero a nosotros nos lo siguen entregando; y sólo para los libros somos verdaderamente alguien.

Y, tras la lectura, luego, cuando hemos vivido otras vidas, nos hemos instruido, o convivido con la hermosura, u oído confidencias, caemos en la cuenta de que somos más de lo que éramos, y pensamos y sentimos de distinta o más profunda manera, y de que hemos recibido luz para comprendernos, consolación, y alegría y acompañamiento. Así que, entonces, nos hacemos inseparables de los libros.

El Norte y la brújula por Daniel Goldin*

Gracias al trabajo de muchos investigadores, hoy sabemos que leer y escribir son actividades que han tenido distinta significación social a lo largo de la historia. Sabemos también que leer y escribir tiene una profunda significación en el desarrollo emocional, cognitivo, social y cultural de un individuo. Pero apenas empezamos a vislumbrar las formas en que estos factores intervienen y se modifican recíprocamente […].

”Desde hace algunos años, la discusión sobre la lectura parece centrarse en una ansiosa carrera por vaticinar el futuro de los libros o, para hacernos eco de los augurios más extremos, por saber si tienen porvenir. Es imposible desconocer esta inquietud. Pero no quisiera sumarme acríticamente a ella.

”Por lo demás, no creo que tal proliferación de discursos acerca del futuro sea sólo un fenómeno espontáneo. Al menos en parte, responde a fuertes intereses económicos de grupos y personas que medran con el terror. Y yo desconfío instintivamente de quienes se alimentan del miedo ajeno.


”Suponer que el futuro de la cultura escrita está determinado por las posibilidades técnicas para producir o hacer circular textos es un error alevoso. La técnica abre oportunidades; los hombres voluntaria o involuntariamente disponen. Por lo común, hay una distancia muy grande entre los usos y fines previstos por los diseñadores y los que adquieren en manos de los usuarios […].

”Desde hace años sostengo que lo esencial para trabajar en un proyecto de formación de lectores es tener un Norte y disponer de una brújula.

”La idea del Norte es obvia: para ir a algún lado debemos saber a dónde queremos ir, a menos que uno se proponga sólo vagabundear, lo que en sí es un Norte. La idea de la brújula no es menos trivial. Responde a la dificultad de avanzar en línea recta, algo que, como sabemos, es fácil en el mundo de las matemáticas, pero harto complicado en el nuestro, en el que, por alguna extraña razón, vayamos a donde vayamos, en el camino siempre se atraviesa un abismo o una roca o nos amenaza un maleante o un toro con los ojos inyectados. Para esquivarlos, es necesario dar rodeos, saltar o meterse en un río. Y, claro, no extraviar la dirección. Justamente por eso es importante llevar siempre una brújula.

”El Norte que guíe un proyecto de formación de lectores debe ser descubierto y sobre todo debe ser –como el que atrae la brújula de los exploradores– un Norte magnético. Es decir, debe ser capaz de comprometer nuestro ser plenamente. No olvidemos que el potencial movilizador de las palabras escritas o escuchadas está fuertemente condicionado por el halo que las envuelve.

”Tampoco la cuestión de la brújula es banal. Se trata de un aprendizaje complejo para relacionar emociones y percepciones, internas y externas, con ideas propias y ajenas. Y conviene recordar que las instituciones educativas rara vez estimulan este aprendizaje que, como se puede colegir, le da al educando condiciones de autonomía frente a la propia institución y sus representantes”.

*Editor del Fondo de Cultura Económica y especialista en literatura infantil

Conclusiones del 9º Congreso Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro

· El conocimiento de la lengua escrita no se construye de una vez y para siempre; es un proceso que se desarrolla durante toda la vida. Ingresar en una comunidad determinada es apropiarse de modos de producir y de leer los textos.

· Los estudiantes constituyen una comunidad lectora activada por los docentes y los bibliotecarios porque leer no es un acto inocente sino que captura sentidos culturales y políticos.

· Leer es pertenecer a una comunidad viva, comunidad de lectores. Esto es el fundamento para que los referentes del Plan Nacional de Lectura desarrollen estrategias y experiencias acordes con las características y las necesidades de cada región del país.

· La comprensión de la lectura exige que se abandone el modelo que Paulo Freyre definió como lector reproductor y se lo reemplace por el modelo de lector crítico.

· Es preciso ampliar el concepto de lector con un criterio inclusor de los hasta ahora ubicados erróneamente en los márgenes, por estar enfermos, por tener necesidades especiales o por manifestar diferencias culturales o económicas.

· Las condiciones socioeconómicas adversas no deben ser obstáculo para que el docente acerque a los niños y los jóvenes a la lectura.

· En cuanto al rol de los libros escolares, diversos estudios prueban que los alumnos de mayor poder adquisitivo que estudian con libros llegan más seguramente a comprender lo que leen.

· Una parte destacada de la función docente, hoy, es revisar la importancia de usar libros escolares y seleccionarlos adecuadamente, porque él no debe ser la única fuente de información para sus alumnos.

· La lectura en Internet no supone romper con la práctica de la lectura que se aprendió en los libros.

RESISTIRÁ

"Por UMBERTO ECO 

Tenemos tres tipos de memoria. La primera es orgánica: es la memoria de carne y sangre que administra nuestro cerebro. La segunda es mineral, y la humanidad la conoció bajo dos formas: hace miles de años era la memoria encarnada en las tabletas de arcilla y los obeliscos -algo muy habitual en Egipto-, en los que se tallaban toda clase de escritos; sin embargo, este segundo tipo corresponde también a la memoria electrónica de las computadoras de hoy, que están hechas de silicio. Y hemos conocido otro tipo de memoria, la memoria vegetal, representada por los primeros papiros -también muy habituales en Egipto- y, después, por los libros, que se hacen con papel. Permítanme soslayar el hecho de que, en cierto momento, el pergamino de los primeros códices fuera de origen orgánico, y que el primer papel estuviera hecho de tela y no de celulosa. Para simplificar, permítanme designar al libro como memoria vegetal.
En el pasado, éste fue un lugar dedicado a la conservación de los libros, como lo será también en el futuro; es y será, pues, un templo de la memoria vegetal. Durante siglos, las bibliotecas fueron la manera más importante de guardar nuestra sabiduría colectiva. Fueron y siguen siendo una especie de cerebro universal donde podemos recuperar lo que hemos olvidado y lo que todavía no conocemos. Si me permiten la metáfora, una biblioteca es la mejor imitación posible de una mente divina, en la que todo el universo se ve y se comprende al mismo tiempo. Una persona capaz de almacenar en su mente la información proporcionada por una gran biblioteca emularía, en cierta forma, a la mente de Dios. Es decir, inventamos bibliotecas porque sabemos que carecemos de poderes divinos, pero hacemos todo lo posible por imitarlos.

        Construir, o mejor, reconstruir una de las bibliotecas más grandes del mundo puede sonar como un desafío o una provocación. A menudo, en artículos periodísticos o en papers académicos, ciertos autores se enfrentan con la nueva era de las computadoras e Internet, y hablan de la posible "muerte de los libros". Sin embargo, el hecho de que los libros puedan llegar a desaparecer -como los obeliscos o las tablas de arcilla de las civilizaciones antiguas- no sería una buena razón para suprimir las bibliotecas. Por el contrario, deben sobrevivir como museos que conservan los descubrimientos del pasado, de la misma manera que conservamos la piedra de Rosetta en un museo porque ya no estamos acostumbrados a tallar nuestros documentos en superficies minerales.

        Sin embargo, mis plegarias en favor de las bibliotecas serán un poco más optimistas. Soy de los que todavía creen que el libro impreso tiene futuro, y que cualquier temor respecto de su desaparición es sólo un ejemplo más del terror milenarista que despiertan los finales de las cosas, entre ellas el mundo.

        He contestado en muchas entrevistas preguntas del tipo: "¿Los nuevos medios electrónicos volverán obsoletos los libros? ¿Internet atenta contra la literatura? ¿La nueva civilización hipertextual eliminará la noción de autoría?". Ante semejantes interrogantes, y teniendo en cuenta el tono aprensivo con el que los formulan, cualquiera que tenga una mente normal y bien equilibrada pensará que el entrevistador se tranquilizaría si la respuesta fuera: "No, no, tranquilos, todo está bien". Error. Si les dijéramos que no, que ni los libros ni la literatura ni la figura del escritor van a desaparecer, los entrevistadores entrarían en pánico. Porque si nadie muere, ¿cuál es entonces la noticia? Publicar que murió un Premio Nobel es una flor de noticia; informar que goza de buena salud no le interesa a nadie -salvo, supongo, al Premio Nobel mismo.

        Hoy quiero tratar de desmadejar una serie de temores. Aclarar nuestras ideas sobre estos problemas también puede ayudarnos a entender mejor qué entendemos normalmente por "libro", "texto", "literatura", "interpretación", etcétera. De ese modo veremos cómo una pregunta tontapuede generar muchas respuestas sabias, y cómo ésa es, probablemente, la función cultural de las entrevistas ingenuas.
Comencemos por una historia que es egipcia, aunque la haya contado un griego. Según dice Platón en su Fedro, cuando Hermes -o Theut, el supuesto inventor de la escritura- le presentó su invención al faraón Thamus, recibió muchos elogios, porque esa técnica desconocida les permitiría a los seres humanos recordar lo que de otro modo habrían olvidado. Pero el faraón Thamus no estaba del todo contento. "Mi experto Theut -le dijo-, la memoria es un gran don que debe vivir gracias al entrenamiento continuo. Con tu invención, las personas ya no se verán obligadas a ejercitarla. Recordarán las cosas, pero no por un esfuerzo interno sino por un dispositivo exterior."
Podemos entender la preocupación de Thamus. La escritura, como cualquier otra nueva invención tecnológica, entumecería la misma facultad humana que fingía sustituir y reforzar. Era peligrosa porque disminuía las facultades de la mente y ofrecía a los seres humanos un alma petrificada, una caricatura de la mente, una memoria mineral.

        El texto de Platón es por cierto irónico. Platón estaba desarrollando su polémica contra la escritura. Pero en su diálogo también fingía que el que pronunciaba el discurso era Sócrates, que nunca escribió nada. Si hoy en día nadie comparte las preocupaciones de Thamus es por dos razones muy simples. En primer lugar, sabemos que los libros no hacen que otra persona piense en nuestro lugar; por el contrario, son máquinas que producen nuevos pensamientos. Sólo después de la invención de la escritura fue posible escribir esa obra maestra de la memoria espontánea que es En busca del tiempo perdido de Proust. En segundo lugar, si en algún momento las personas necesitaron entrenar su memoria para recordar cosas, después de la invención de la escritura tuvieron que entrenarla también para recordar libros. Desafío y perfección de la memoria son los libros, que nunca la narcotizan. Sin embargo, el faraón expresaba un miedo que siempre reaparece: el de que un descubrimiento tecnológico pueda asesinar algo que consideramos precioso y fructífero.

        Utilicé el verbo "asesinar" a propósito, porque, más o menos catorce siglos después, en su novela histórica Nuestra Señora de París, Victor Hugo narró la historia de un sacerdote, Claude Frollo, que observaba con tristeza las torres de su catedral. La historia de Nuestra Señora de París transcurre en el siglo XV, después de la invención de la imprenta. Antes, los manuscritos quedaban reservados a una restringida elite de personas que sabían leer y escribir, y lo único que se les enseñaba a las masas eran las historias de la Biblia, la vida de Cristo y de los santos, los principios morales, y hasta hechos de la historia nacional o nociones elementales de geografía y ciencias naturales (la naturaleza de los pueblos desconocidos, las virtudes de determinadas hierbas o piedras): todo este conocimiento era proporcionado por las catedrales con su sistema de imágenes. Una catedral medieval era como un programa de TV permanente, siempre repetido, que se supone le decía a la gente todo lo que les era imprescindible para la vida diaria y la salvación eterna.

        Ahora bien: Frollo tiene en su mesa un libro impreso y murmura ceci tuera cela ("esto matará a aquello"); en otras palabras: el libro matará a la catedral, el alfabeto matará a las imágenes. Alentando informaciones innecesarias, interpretaciones libres de las Escrituras y curiosidades insanas, el libro distraerá a las personas de sus valores más importantes. En los años sesenta, Marshall McLuhan publicó La galaxia Gutenberg, el libro en el que anunciaba que el modo lineal de pensamiento, apoyado en la invención de la imprenta, estaba a punto de ser reemplazado por un modo de percepción y entendimiento más global que se valdría de imágenes de TV u otras clases de dispositivos electrónicos. Puede que McLuhan no, pero muchos de sus lectores pusieron un dedo sobre la pantalla de la TV ydespués sobre un libro y dijeron: "Esto matará a aquello". Si siguiera entre nosotros, McLuhan habría sido el primero en escribir algo así como El imperio Gutenberg contraataca. Ciertamente, una computadora es un instrumento con el cual se pueden producir y editar imágenes; y las instrucciones, ciertamente, se imparten mediante iconos; pero es igualmente cierto que la computadora se ha convertido en un instrumento alfabético antes que otra cosa. Por la pantalla de una computadora desfilan palabras y líneas, y para utilizarla hay que saber leer y escribir.

        ¿Hay diferencias entre la primera galaxia Gutenberg y la segunda? Muchas. La primera de todas: sólo los hoy arqueológicos procesadores de textos de comienzos de los ochenta proporcionaban una comunicación escrita lineal. Hoy las computadoras no son lineales; ofrecen una estructura hipertextual. Curiosamente, la computadora nació como una máquina de Turing, capaz de hacer un solo paso a la vez, y de hecho, en las profundidades de la máquina, el lenguaje todavía opera de ese modo, mediante una lógica binaria, de cero-uno, cero-uno. Sin embargo, el rendimiento de la máquina ya no es lineal: es una explosión de proyectiles semióticos. Su modelo no es tanto una línea recta sino una verdadera galaxia, donde todos pueden trazar conexiones inesperadas entre distintas estrellas hasta formar nuevas imágenes celestiales en cualquier nuevo punto de la navegación.

        Sin embargo, es exactamente en este punto donde debemos empezar a deshilvanar la madeja, porque por estructura hipertextual solemos entender dos fenómenos muy diferentes. Primero tenemos el hipertexto textual. En un libro tradicional debemos leer de izquierda a derecha (o de derecha a izquierda, o de arriba a abajo, según las culturas), de un modo lineal. Podemos saltearnos páginas; llegados a la página 300, podemos volver a chequear o releer algo en la página 10. Pero eso implica un trabajo físico. Por el contrario, un texto hipertextual es una red multidimensional o un laberinto en los que cada punto o nodo puede potencialmente conectarse con cualquier otro nodo. En segundo lugar tenemos el hipertexto sistémico. La Web es la Gran Madre de Todos los Hipertextos, una biblioteca mundial donde podemos, o podremos a corto plazo, reunir todos los libros que deseemos. La Web es el sistema general de todos los hipertextos existentes.

        Esta diferencia entre texto y sistema es enormemente importante. Por ahora déjenme terminar con la más ingenua de las preguntas que suelen hacernos, una pregunta donde la diferencia a la que aludimos no se advierte con total claridad. Pero respondiéndola podremos clarificar otra posterior. La pregunta ingenua es: "Los disquetes hipertextuales, Internet o los sistemas multimedia, ¿volverán obsoleto al libro?". Y así llegamos al último capítulo de la historia de esto-matará-a-aquello. Pero aun esta pregunta es confusa, puesto que puede ser formulada de dos maneras distintas: a) ¿Desaparecerán los libros en tanto objetos físicos?; y (b) ¿Desaparecerán los libros en tanto objetos virtuales?
       
        Déjenme contestar primero la primera. Aun después de la invención de la imprenta, los libros nunca fueron el único medio de adquirir información. También había pinturas, imágenes populares impresas, enseñanzas orales, etcétera. El libro sólo demostró ser el instrumento más conveniente para transmitir información. Hay dos clases de libros: para leer y para consultar. En los primeros, el modo normal de lectura es el que yo llamaría "estilo novela policial". Empezamos por la primera página, en la que el autor dice que ha ocurrido un crimen, seguimos el derrotero hasta el final y descubrimos que el culpable es el mayordomo. Fin del libro y fin de la experiencia de su lectura.

        Luego están los libros para consultar, como las enciclopedias y los manuales. Las enciclopedias fueron concebidas para ser consultadas, nuncapara ser leídas de la primera a la última página. Generalmente tomamos un volumen de una enciclopedia para saber o recordar cuándo murió Napoleón, o cuál es la fórmula química del ácido sulfúrico. Los eruditos usan las enciclopedias de manera más sofisticada. Por ejemplo, si quiero saber si es posible que Napoleón conociera a Kant, tengo que tomar el volumen K y el volumen N de mi enciclopedia. Y descubriré que Napoleón nació en 1769 y murió en 1821, y que Kant nació en 1724 y murió en 1804, cuando Napoleón era emperador. No es imposible, por lo tanto, que los dos se hayan visto alguna vez. Puede que para confirmarlo tenga que consultar una biografía de Kant, o de Napoleón, pero una pequeña biografía de Napoleón -que conoció a tanta gente- puede haber pasado por alto el encuentro con Kant, mientras que una biografía de Kant posiblemente registre su encuentro con Napoleón. En pocas palabras: debo revisar los muchos libros de los muchos estantes de mi biblioteca y tomar notas para comparar más adelante todos los datos que recogí. Todo eso me cuesta un doloroso esfuerzo físico.

        Con el hipertexto, sin embargo, puedo navegar a través de toda la red-enciclopedia. Y puedo hacer mi trabajo en unos pocos segundos o minutos.

        Los hipertextos volverán obsoletos, ciertamente, las enciclopedias y los manuales. Ayer nomás era posible tener una enciclopedia entera en CD-ROM; hoy es posible disponer de ella en línea, con la ventaja de que esto permite la remisión y la recuperación no lineal de la información. Todos los discos compactos, más la computadora, ocuparán un quinto del espacio ocupado por una enciclopedia impresa. Un CD-ROM es más fácil de transportar que una enciclopedia impresa y es más fácil de poner al día. En un futuro cercano, los estantes que las enciclopedias ocupan en mi casa -así como los metros y metros que ocupan en las bibliotecas públicas- podrán quedar libres, y no habría mayores razones para protestar. Recordemos que para muchos, una enciclopedia multivolumen es un sueño imposible, y no solamente por el costo de los volúmenes sino por el costo de las paredes en las que esos volúmenes deben instalarse.

        Sin embargo, ¿puede un disco hipertextual o la Web reemplazar a los libros que están hechos para ser leídos? Una vez más, tenemos que definir si la pregunta alude a los libros como objetos físicos o virtuales. Una vez más, déjenme considerar primero el problema físico. Buenas noticias: los libros seguirán siendo imprescindibles, no solamente para la literatura sino para cualquier circunstancia en la que se necesite leer cuidadosamente, no sólo para recibir información sino también para especular sobre ella. Leer una pantalla de computadora no es lo mismo que leer un libro. Piensen en el proceso de aprendizaje de un nuevo programa de computación. Generalmente el programa exhibe en la pantalla todas las instrucciones necesarias. Pero los usuarios, por lo general, prefieren leer las instrucciones impresas.

        Después de haberme pasado doce horas ante la computadora, mis ojos están como dos pelotas de tenis y siento la necesidad de sentarme en mi confortable sillón y leer un diario, o quizás un buen poema. Opino, por lo tanto, que las computadoras están difundiendo una nuea forma de instrucción, pero son incapaces de satisfacer todas aquellas necesidades intelectuales que estimulan.

        Hasta ahora, los libros siguen encarnando el medio más económico, flexible y fácil de usar para el transporte de información a bajo costo. La comunicación que provee la computadora corre delante de nosotros; los libros van a la par de nosotros, a nuestra misma velocidad. Si naufragamos en una isla desierta, donde no hay posibilidad de conectar una computadora, el libro sigue siendo un instrumento valioso. Aun si tuviéramos una computadora con batería solar, no nos sería fácil leer en la pantalla mientras descansamos en una hamaca. Los libros siguen siendo los mejores compañeros de naufragio. Los libros son de esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados,simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera.
Llegados a este punto podemos preguntarnos por la supervivencia de la figura del escritor y de la obra de arte como unidad orgánica. Y simplemente quiero informarles a ustedes que éstas ya se vieron amenazadas en el pasado. El primer ejemplo es el del Commedia dell'arte italiana, en la que, sobre la base de un canovaccio -un resumen de la historia básica-, cada interpretación, según el humor y la imaginación de los actores, era diferente de las demás, de modo que no podemos identificar ninguna pieza de ningún autor individual que corresponda con Arlequino servidor de dos patrones, y en cambio sólo podemos registrar una serie ininterrumpida de interpretaciones, la mayoría de ellas definitivamente perdidas y cada una de ellas, por cierto, diferente.

        Otro ejemplo sería el de la improvisación en jazz. Podemos creer que alguna vez hubo una interpretación arquetípica de Basin Street Blues y que sólo sobrevivió una sesión posterior, pero sabemos que esto es falso. Hay tantos Basin Street Blues como interpretaciones hubo de la pieza, y en el futuro habrá muchos que aún no conocemos. Bastará con que dos o más intérpretes se encuentren y ensayen su versión personal e inventiva del tema original. Lo que quiero decir es que ya nos hemos acostumbrado a la idea de ausencia de autoría en relación con el arte popular colectivo, en el que cada participante aporta lo suyo, a la manera de una historia sin fin muy jazzera.

        Pero es necesario señalar una diferencia entre la actividad de producir textos infinitos y la existencia de textos ya producidos, que pueden ser interpretados de infinidad de maneras, pero son materialmente limitados. En nuestra cultura contemporánea aceptamos y evaluamos, de acuerdo con estándares diferentes, tanto una nueva interpretación de la Quinta Sinfonía de Beethoven como una nueva sesión jazzera del Basin Street Theme. En este sentido, no veo cómo el juego fascinante de producir historias colectivas e infinitas a través de la red pueda privarnos de la literatura de autor y del arte en general. Más bien nos encaminamos hacia una sociedad más liberada, en la que la libre creatividad coexistirá con la interpretación del conjunto de textos escritos. Me gusta que sea así. Pero no podemos decir que hayamos guardado el vino nuevo en odres viejos. Las dos potencialidades quedan abiertas para nosotros.
El zapping televisivo es otro tipo de actividad que no tiene el menor vínculo con el consumo de una película en el sentido tradicional. Es un artilugio hipertextual que nos permite inventar nuevos textos y no tiene nada que ver con nuestra capacidad de interpretar textos preexistentes. Traté desesperadamente de encontrar un ejemplo de situación textual ilimitada y finita, pero me resultó imposible. De hecho, si tenemos un número infinito de elementos con los cuales interactuar, ¿por qué tendríamos que limitarnos a producir un universo finito? Se trata de un asunto teológico, de una especie de deporte cósmico en el que uno -o El Uno- podría establecer las condiciones de toda acción posible, pero en el que se prescribe una regla y de ese modo se limita, generándose un universo muy pequeño y simple. Permítanme, sin embargo, considerar otra posibilidad que en primera instancia prometía un número infinito de posibilidades a partir de un número finito de elementos -como ocurre con un sistema semiótico-, pero que en realidad sólo ofrece una ilusión de libertad y creatividad.
Gracias al hipertexto podemos obtener la ilusión de construir un texto hermético: un relato policial puede adquirir una estructura que permita que sus lectores elijan cada uno su propia solución y decidan al final si el culpable es el mayordomo, el obispo, el detective, el narrador, el autor o el lector. De ese modo pueden construir su novela personal. Esta idea no es nueva. Antes de la invención de las computadoras, los poetas ynarradores soñaron con un texto totalmente abierto para que los lectores pudieran recomponer de diversas maneras hasta el infinito. Ésa era la idea de Le Livre, según la predicó Mallarmé. Raymond Queneau también inventó un algoritmo combinatorio en virtud del cual era posible componer millones de poemas a partir de un conjunto finito de versos. A comienzos de los años sesenta, Max Saporta escribió y publicó una novela cuyas páginas podían ser desordenadas para componer diferentes historias, y Nanni Balestrini metió en una computadora una lista inconexa de versos que la máquina combinó de diferentes maneras hasta producir diferentes poemas. Muchos músicos contemporáneos produjeron partituras musicales cuya alteración permitía producir diferentes ejecuciones de las piezas.

        Todos estos textos físicamente desplazables dan la impresión de una libertad absoluta por parte del lector, pero es sólo una impresión, una ilusión de libertad. La maquinaria que permite producir un texto infinito con un número finito de elementos existe desde hace milenios: es el alfabeto. Con el número limitado de letras de un alfabeto se pueden producir miles de millones de textos, y eso es exactamente lo que se ha hecho desde el viejo Homero hasta nuestros días. Por el contrario, un texto-estímulo que no nos provee letras o palabras sino secuencias preestablecidas de palabras o de páginas, no nos da la libertad de inventar lo que queramos. Sólo somos libres de desplazar fragmentos textuales preestablecidos en una cantidad razonablemente importante. Un móvil de Calder es fascinante, aunque no porque produzca un número infinito de movimientos posibles sino porque admiramos en él la regla férrea impuesta por el artista: el móvil se mueve sólo como Calder lo quiso.
       
        El último límite de la textualidad libre es un texto que en su origen está cerrado, por ejemplo Caperucita Roja o Las mil y una noches, y que yo, el lector, puedo modificar de acuerdo con mis inclinaciones, hasta elaborar un segundo texto, que ya no es el mismo que el original pero cuyo autor soy yo mismo, aun cuando en este caso la afirmación de mi propia autoría sea un arma que dispara contra el concepto nítido y bien definido de autor. Internet está abierta a experimentos de esta naturaleza, y muchos de ellos pueden resultar hermosos y fructíferos. Nada nos impide escribir un relato en el cual Caperucita Roja devora al lobo. Nada nos impide reunir relatos diferentes en una especie de rompecabezas narrativo. Pero esto no tiene nada que ver con la función real de los libros y con sus encantos profundos.

        Un libro nos ofrece un texto abierto a múltiples interpretaciones, pero nos dice algo que no puede ser modificado. Supongamos que estamos leyendo La guerra y la paz de Tolstoi. Anhelamos con desesperación que Natasha rechace el cortejo de Anatoli, ese despreciable sinvergüenza; con la misma desesperación anhelamos que el príncipe Andrei, que es una persona maravillosa, no se muera nunca, y que él y Natasha vivan juntos para siempre. Si tenemos La guerra y la paz en un CD-ROM hipertextual e interactivo, podremos reescribir nuestro propio relato; podríamos inventar innumerables La guerra y la paz, uno en el que Pierre Besujov consigue matar a Napoleón o, si preferimos, uno en el que Napoleón derrota en toda la línea al general Kutusov. ¡Qué libertad! ¡Cuánta excitación! ¡Cualquier Bouvard o Pécuchet puede llegar a ser Flaubert!

        Desgraciadamente, con un libro ya escrito, y cuyo destino está determinado por la voluntad represiva del autor, no podemos hacer nada de eso. Nos vemos obligados a aceptar el destino y a admitir que somos incapaces de modificarlo. Una novela hipertextual e interactiva da rienda suelta a nuestra libertad y creatividad, y espero que esta actividad inventiva sea implementada en las escuelas del futuro. Pero con la novela La guerra y la paz, que ya está escrita en su forma definitiva, no podemosejercer las posibilidades ilimitadas de nuestra imaginación sino que nos enfrentamos a las severas leyes que gobiernan la vida y la muerte.

        De modo similar, Victor Hugo nos ofrece en Los miserables una hermosa descripción de la batalla de Waterloo. Esta versión de Hugo es la opuesta de la de Stendhal. En su novela La cartuja de Parma, Stendhal ve la batalla a través de los ojos del protagonista, que mira desde el interior del acontecimiento y no entiende su complejidad. Por el contrario, Hugo describe la batalla desde el punto de vista de Dios y la sigue en cada detalle. Así, con su perspectiva narrativa, domina toda la escena. Hugo sabe no sólo lo que sucedió sino también lo que podría haber ocurrido (aunque de hecho no ocurrió). Sabe que si Napoleón hubiera sabido que más allá de la cumbre del monte Saint Jean había un acantilado, los coraceros del general Milhaud no habrían sido abatidos a los pies del ejército inglés, pero la información del emperador era vaga o insuficiente. Hugo sabe que si el pastor que había guiado al general Von Bulow hubiera propuesto un itinerario diferente, el ejército prusiano no habría llegado a tiempo para provocar la derrota francesa.

        De hecho, en un juego de roles uno podría reescribir Waterloo de tal modo que Grouchy llegara a tiempo con sus hombres para rescatar a Napoleón. Pero la belleza trágica del Waterloo de Hugo consiste en que los lectores sienten que las cosas ocurren con independencia de sus deseos. El encanto de la literatura trágica depende de que sintamos que los héroes podrían haber escapado a sus destinos, pero no lo hicieron por sus debilidades, su orgullo o su ceguera.

        Además, Hugo nos advierte: "Un vértigo, un error, una derrota, una caída que dejó perpleja a toda la Historia, ¿puede ser algo sin causa? No... la desaparición de ese gran hombre era necesaria para que llegara el nuevo siglo. Alguien, a quien no pueden hacérsele reparos, se ocupó de que el resultado del acontecimiento fuera éste... Dios pasó por aquí, Dieu est passé".

        Eso es lo que nos dice cada libro verdaderamente grande: que Dios pasó, y que pasó tanto para el creyente como para el escéptico. Hay libros que no podemos reescribir porque su función es enseñarnos la necesidad; sólo respetándolos tal como son pueden hacernos más sabios. Su lección represiva es indispensable si queremos alcanzar un estadio más alto de libertad intelectual y moral.
Es mi esperanza y mi deseo que la Bibliotheca Alexandrina continúe albergando este tipo de libros, para que nuevos lectores gocen de la experiencia intransferible de leerlos. Larga vida a este templo de la memoria vegetal.

Traducción: Sergio Di Nucci
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Los archivos de mensajes de INFODOC se pueden consultar
en la direccio http://listas.bcl.jcyl.es
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Pensar el Libro: La Lectura

 Por Isadora de Norden, Directora del CERLAC

Los lectores son hoy por hoy los principales protagonistas cuando hablamos de lectura o de temas referidos a la cultura de la lengua escrita. Antes eran los libros. Y aunque estos siguen siendo esenciales en esta era de la información, ya no son el eje central. Ha habido un cambio de foco. Este desplazamiento del libro al lector favorece enormemente la democratización de las prácticas lectora y escritoras, en la medida en que pasamos del singular al plural. Hablar de lectores, en plural, significa hablar de una diversidad rica y variada de gustos, intereses, necesidades, deseos, interpretaciones y aplicaciones de la lectura y la escritura. Significa fomentar el uso de diferentes materiales de lectura para diferentes propósitos y en diferentes situaciones. Esta diversidad que parece tan obvia no lo es tanto y no lo ha sido a lo largo de la historia del libro y la lectura. Estamos actualmente viviendo una pluralidad que se refleja en la construcción de políticas, en el diseño de múltiples programas de promoción de lectura y en la búsqueda de nuevos lectores.

Bien lo señala la experta Eliana Yunez en su artículo sobre las políticas públicas de lectura. Hablar de políticas y no de una política, dice Yunez, es una invitación a diseñar estrategias variadas de acuerdo con las sociedades, localidades, regiones y países. Esto lleva a dos tareas de gran importancia para la formulación e implementación de políticas públicas: una, la articulación de esa diversidad. Más que crear planes, proyectos y programas desde el Estado, lo que se requiere es articular entre los agentes sociales, públicos y privados, oficiales y particulares, que puedan movilizarse a favor de la diseminación de prácticas lectoras. Y la otra tarea es la organización de las comunidades a favor de la lectura: organizarnos en la escuela, en el condominio, en la fábrica, en la comunidad, lo que potenciaría políticamente las acciones de promoción de lectura.

Esta conciencia de la necesidad de formar lectores y usuarios de la lengua escrita, como algo que resulta indispensable en la época actual considerada como la sociedad del conocimiento, se refleja en todos los campos y en todos los sectores. De allí que el tema desarrollado por la experta mexicana, Elisa Bonilla se centre en señalar el reto que tiene la escuela básica de formar a los ciudadanos de un país democrático. Esta formación implica igualmente el reconocimiento de la diversidad de lectores capaces de generar ideas propias, de conocer las ideas de otro a través de lo escrito, de responsabilizarse de su postura personal y argumentarla. Para lograr este desafío que tiene la escuela hoy, es necesario transformar la pedagogía de la lectura y la escritura. No podemos seguir pensando que hay una sola forma de leer, ni un solo tipo de texto, ni una sola razón para leer. Y de nuevo surge la multiplicidad, la diversidad. La institución educativa se fue quedando por fuera de las prácticas sociales y culturales de la lectura y la escritura y fue reduciendo y volviendo artificial la enseñanza de la lecto-escritura. Esta situación ha generado un llamado de alerta a la escuela para que revise su concepción de la lectura y la escritura y le abra de una vez por todas las puertas a las prácticas sociales de leer y escribir, verbos que definitivamente no deberían seguir conjugándose en un tiempo infinitivo, congelado y vacío de sentido. La escuela no puede continuar con una simple pedagogía de la decodificación centrada en los primeros grados, sino que tiene el desafío de desarrollar en los estudiantes destrezas, habilidades y competencias para hacer uso de la lengua escrita en todas sus dimensiones.

Por fortuna la tarea de formar lectores es un esfuerzo compartido. Una de las instituciones que tiene como misión la formación de lectores y usuarios de la lengua escrita es la Biblioteca. La revista publica un documentado artículo del especialista chileno, Ricardo López que nos muestra la transformación de las bibliotecas públicas en Chile y plantea los desafíos que tienen las bibliotecas hoy para lograr realmente convocar a una verdadera participación ciudadana y transformarse en espacios de intervención social que logren disminuir la exclusión. Es necesario que la biblioteca interactúe con su comunidad y se vuelva un espacio de socialización que logre que la gente se apropie de ella, la haga suya y genere acciones conjuntas donde los libros y los materiales de lectura no sean sólo fuentes de información sino que generen comunicación, y como acertadamente agrega López: “logren la comunicación con el desarrollo, aunque sea a la pequeña escala de las necesidades de un hombre o una mujer, que buscan —como lo hacen cotidianamente— dar un pequeño paso para librarse de su pobreza. Al menos así acontece en Chile y, seguramente, en el resto de Latinoamérica.”

En esta misma línea, la promoción de la lectura también es un asunto de los editores quienes cada vez más amplían su conocimiento del público lector. No basta con tener en el imaginario al lector, es necesario que este sector se de cuenta del compromiso social que tiene con la formación de una sociedad lectora. Preguntas como ¿es el editor un promotor de lectura? ¿Es parte de su profesión promoverla? son el centro de las reflexiones del editor argentino, Leandro de Sagastizabal.

Esta reivindicación del lector ha generado no sólo programas, proyectos, políticas y acciones que se ocupan de estimular las prácticas lectoras, sino que está orientando los estudios de tipo cualitativo tendientes a observar el comportamiento lector, a indagar sobre las actitudes, las motivaciones y los usos que se le dan a los libros y la lectura en las sociedades actuales. El CERLALC está adelantando un trabajo para la formulación de una Metodología para la medición del comportamiento lector en Iberoamérica . Por esta razón la revista ha querido publicar una encuesta adelantada en Canadá durante el 2005, que indaga sobre los gustos lectores, sobre la compra de libros por placer de los lectores de habla inglesa y francesa de ese país y sobre los usos de las bibliotecas públicas y de internet.

En esta época donde la globalización tiende en muchos aspectos a homogenizar, la mirada hacia los lectores y la promoción de la lectura abre la posibilidad de reivindicar la diversidad cultural de nuestros países.

http://www.cerlalc.org/revista_noviembre/editorial_2.htm