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Nacha Regules por Manuel Gálvez

Nacha Regules por Manuel Gálvez

Noche de agosto. Buenos Aires ardía en millones de luces, deliraba en fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energía. Celebrábase el primer siglo de la Revolución liberadora. Las fiestas habían comenzado en mayo. Desde todos los rincones del país, desde las repúblicas vecinas, y hasta desde Europa, vinieron gentes a millares. Fiestas suntuosas, pródigas, desmesuradas: fiestas de un pueblo joven, que exhibe con jactancia sus músculos

En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad. El cabaret porteño es un baile público: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jóvenes de las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, casi exclusivo allí, y la orquesta típica, instalan, entre la champaña y los smokings, el alma del arrabal. Los músicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean las maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandoneón, con sus notas bajas y oscuras, subraya de largas sombras dolorosas los tangos.

Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas y zigzaguear los revólveres.

Cuando esto cesó, muchos ojos se amontonaron sobre un hombre extraño, solitario en una mesita. Extraño, a fuerza de tristeza y preocupación, y por su absoluta indiferencia a todo lo que le rodeaba. Vestía de negro, con elegancia y severidad. Su rostro era magnéticamente atrayente. Se sentía que ese hombre tenía un alma, y que esa alma sufría. Por sus facciones diluíase una expresión atormentada.
 

Fuera de sus preocupaciones, sólo le acompañaba, en aquella soledad, el mirar disimulado de una lindísima muchacha que con otras personas, ocupaba una mesa próxima. Aquel hombre no estaba en el cabaret. Sus ojos, cuando no eran para la vecina, ascendían a lejanos mundos. Iban sin duda a buscar cosas muy distintas, para llenar con algo su soledad o para dárselas a aquella mujercita en la punta de una mirada.


Fuente: Nacha Regules, de Manuel Gálvez
Serie: Capítulo Nº 37, Biblioteca argentina fundamental
Págs. 5, 6, 7
Centro editor de América Latinauenos Aires - 1968

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