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Biblioteca y Aula

La lectura: preguntas necesarias

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/yolandareyes/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3416137.html

 MÁS ALLÁ DE LA FANFARRIA
 Yolanda Reyes.

  
   
  Las capacidades que caracterizan a los lectores competentes superan el concepto de alfabetización y no se logran a corto plazo.
    Conjugar el verbo leer con Bogotá Capital Mundial del Libro y otras tantas celebraciones es un buen punto de partida para cambiar aquel adagio de "la letra con sangre entra". Pero conviene recordar que la formación de lectores va más allá de las noticias de entretenimiento.
 
  Se trata de un proceso evolutivo de complejidad creciente que ocurre durante un periodo prolongado del desarrollo, desde la infancia a la adultez, como resultado de un trabajo educativo dentro y fuera de la escuela. La formación lectora demanda una inversión enorme de tiempo y dinero; una continuidad de políticas, programas y equipos técnicos y una permanente evaluación. Además de valiosos esfuerzos oficiales y privados, postulaciones honoríficas o gestiones de buena voluntad, requiere un cambio cultural en torno a otro proyecto de nación en el que el acceso a la cultura escrita se asuma como condición de desarrollo económico y político.
 
  Por ese carácter de proceso, parece más eficaz edificar grandes bibliotecas que construir, en los lectores, estructuras mentales para pensar de forma organizada, examinar opciones, elegir y contrastar fuentes, interpretar, juzgar, expresarse, imaginar mundos posibles y poseer una herramienta de aprendizaje para el resto de la vida. Esas capacidades que, según las investigaciones, caracterizan a los lectores competentes superan el concepto de alfabetización y no se logran a corto plazo ni dan réditos políticos. Pero tenemos pruebas del costo que pagamos por no formarlas en la mayoría de los ciudadanos.
 
  La experiencia de México puede suscitar algunas reflexiones para el caso colombiano. Al final de la administración Fox se le hizo una evaluación al Programa Nacional de Lectura, dirigida por profesores de Harvard. La investigación, que se publicó recientemente, examina el impacto de la política de dotación de materiales bibliográficos desarrollada por el Estado. Desde hace 50 años, el Programa Nacional de Libros de Texto Gratuitos provee textos a los estudiantes de escuelas públicas en todos los niveles, y la iniciativa se complementó desde hace casi dos décadas con la dotación de bibliotecas escolares y colecciones de aula. La evaluación señala que cada alumno mexicano dispone, durante los 11 grados de escolaridad obligatoria, de un promedio de 2.500 títulos literarios e informativos para formarse como lector.
 
  A pesar de semejante inversión, que contempla también la formación docente, los resultados indican que la presencia física de libros e infraestructura es "una condición necesaria pero no suficiente" para producir lectores avanzados; que las competencias lectoras de los jóvenes mexicanos son aún deficientes y que no hay una relación causal entre el placer de leer reportado por los alumnos y su nivel de comprensión.
 
  Si bien se reconoce la formación de hábitos lectores en poblaciones tradicionalmente excluidas de los libros, el desafío es partir de esa motivación para fortalecer un trabajo pedagógico más riguroso, encaminado al logro de competencias comprensivas e interpretativas.
 
  Muchas de las preguntas surgidas por esa evaluación suscitan otras que deberíamos empezar a plantearnos en Colombia.
 
  Por ejemplo, ¿cuántos años o generaciones se necesitan para formar lectores competentes y cuáles son los escenarios más propicios para gastarnos los mínimos recursos asignados? ¿Será más eficaz construir bibliotecas públicas que crear bibliotecas de aula? ¿Cómo enseñar a leer en escuelas sin libros, y con maestros no lectores? ¿Cuál es la propuesta de articulación entre el Plan Nacional de Lectura y la educación formal? ¿Cómo adivinar hacia dónde dirigir esfuerzos, sin más evaluación que un par de encuestas sobre hábitos de lectura y consumo de libros que nada dicen sobre las formas de leer? ¿Cuál es el papel de los medios en un país que cuenta con un solo diario de circulación nacional? ¿Cómo apoyar las librerías, las publicaciones y los proyectos culturales? ¿Para qué escribir si nadie lee?
 
  Propongo robarles un tiempo a la fanfarria y los discursos para abordar estas cuestiones. Que cada ciudadano contraste fuentes, interprete y ejerza la lectura crítica, para que luego de las fiestas quede algo más que la resaca.
  
   

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